jueves, 2 de mayo de 2013

Angkor, la ciudad de los dioses


Alguna vez leí que Angkor, en Camboya, era uno de los lugares que tenían que visitarse antes de morir. No sé cuándo me voy a morir ni tampoco quiero saberlo, lo que sí sé es que estando tan cerca de China quería obsequiarme este maravilloso regalo antes de regresar a México.

Como no confío mucho en mi memoria, he decidido escribir sobre mi viaje como una manera de atrapar el tiempo y regresar a ese lugar de vez en cuando, transportándome con mis palabras y fotos, pero también para compartir esta experiencia con aquellos que están dispuestos a viajar a través de mis ojos y recuerdos, aquellos cuyo único pasaporte es su imaginación. 

Cada relato de mi viaje lo publicaré en una entrada distinta. Les dejo la crónica del primer día.


22 de marzo, 2013

Son las tres de la mañana en Beijing, suena el despertador. Cuando se trata de viajar tu cuerpo no exige esos cinco minutos a los que está acostumbrado, simplemente salta de la cama como si hubiera sonado la alarma sísmica. 

He preparado las maletas dos días antes, así que sólo resta darme un baño y preparar el último licuado de vegetales para que no se quede nada en el refrigerador. Justo a las 4 am suena el móvil y escucho una voz en chino mandarín, es el taxista que está esperándonos a Juan Carlos y a mí para llevarnos a la terminal 2 del aeropuerto de Beijing. 

De los tres años que llevo viviendo en la capital de China, pocas veces el avión ha despegado puntualmente. Los retrasos son cosa de todos los días por múltiples razones: contaminación, lluvia, neblina, nieve o fuertes vientos, así que lo mismo se retrasan 30 minutos que cuatro horas, como alguna vez me pasó.

Pero esta vez, el avión parte justo a las 7:30 am rumbo a Kunming, una ciudad que se encuentra en el sur de China, donde haremos  escala para abordar el avión que nos llevará a Siem Reap, donde se encuentra Angkor, ya que no hay vuelos directos.

Después de dos horas, llegamos al nuevo aeropuerto de Changshui en Kunming, que acaba de estrenarse hace seis meses y se ha convertido en el cuarto más grande de China. 

Mientras llega la hora de abordar el otro avión, me entretengo tomando fotos de las nuevas instalaciones. Me gusta su diseño, en especial la estructura serpenteante porque me recuerdan las ondas que forman los listones de una danza tradicional de China, no sé si de ahí tomaron la idea.
   
Foto: Juan Carlos Zamora

No es lo único que atrapa mi atención, la forma en la que están construidas las escaleras eléctricas me hace sentir como en la pintura “Ascenso y descenso”, del artista holandés Maurits Cornelis Escher, en donde se ve a gente subiendo las escaleras cuando en realidad las está bajando y viceversa. Por eso también se les conoce como las “escaleras infinitas o imposibles”. 

Cuando Carlos y yo estamos en el primer piso subimos pensando, obviamente, que las escaleras nos llevarán al segundo, pero terminamos en el tercero. Y cuando queremos regresar al primero llegamos al segundo y así.

El aeropuerto aún no está terminado, pero ya tiene señalización, la cuestión es que al seguirla llegas a ningún lado. Subimos, bajamos y damos de vueltas buscando casas de cambio que no existen.

Entre la documentación, las fotos, las escaleras imposibles, los sitios fantasma y las hordas de chinos que comienzan a llegar al aeropuerto en su tradicional forma de viajar (en grupo, bien formaditos y detrás de un guía que levanta en su mano una banderita de color llamativo), se me pasan volando las tres horas.

Nuevamente China Eastern Airlines despega puntual. Me toca otra vez ventanilla, lo cual me encanta porque me sirve de almohada y me deja tirar fotos como estas, que obtengo tras una hora de viaje. 

Foto: Gabriela Becerra

Foto: Gabriela Becerra
  
En un inglés que apenas entiendo, se nos anuncia que estamos a punto de aterrizar a Siem Reap. Desde la altura a la cual me encuentro, la ciudad parece del tamaño de una maqueta. Alcanzo a ver bosques tupidos, que por la distancia más bien parecen manojos de brócoli. También se me atraviesan algunos ríos serpenteantes y espejos de agua color café, se ve que ha llovido en los últimos días.

Cuando el avión comienza a descender observo un diminuto aeropuerto, formado apenas por unas cuantas pistas de aterrizaje y una modesta construcción estilo camboyano, lo que me da una idea de lo pequeña que es la ciudad de Siemp Reap. La emoción me asalta de golpe: otro país, otra cultura, otra gente,  nuevos lugares por descubrir.

Apenas pongo un pie afuera del avión y una bocanada de aire caliente me dibuja una sonrisa. Estaba harta del frío de Beijing.

Foto: Juan Carlos Zamora
 
Al terminar de tramitar mi visa en el aeropuerto, donde la conseguí en diez minutos tras pagar 20 dólares, dar dos fotos y llenar un formulario, recojo mi equipaje y salgo en busca de la persona que nos llevará al hotel.        

Ahí está Ben con su eterna sonrisa. En sus manos morenas sostiene un papel con el nombre de Juan Carlos Zamora. Al presentarnos nos  dice “¡Welcome to Cambodia! Where are you from?”. Orgullosos decimos: “We are from Mexico”.

Ben nos ayuda con las tres mochilas que traemos y nos pide que subamos a su tuk-tuk, como se le conoce a los carros motorizados que funcionan como taxis en países del sudeste asiático, como Tailandia y Camboya.

Rumbo al hotel Golden Mango Inn comenzamos a tirar fotos de un lado a otro, extasiados por las cosas nuevas que aparecen ante nosotros. Representamos muy bien la típica imagen del turista recién llegado: desorientado y con la mirada apuntando hacia todos lados.

Foto: Gabriela Becerra

Foto: Gabriela Becerra

Escenas para la foto aparecen a la izquierda y a la derecha, pero así como llegan se van. A mi lado pasa la moto con toda la familia abordo: el papá conduciendo y la mamá sujetando a sus dos hijos, uno de ellos tan sólo de meses.

Más allá alcanzo a ver a varias mujeres que vienen pedaleando bicicletas viejas. Algunas de ellas cubren sus cabezas del sol abrumador y sus rostros con pañoletas.
 
Veo también pasar a los niños en bicicletas oxidadas, algunos cuelgan sus mochilas a su espalda, pero otros las ponen en las canastillas que traen al frente. Me llama la atención como algunos agarran con una mano el volante y con la otra abrazan por la espalda a su amigo mientras conversan, en ningún momento pierden el equilibrio en esta caótica ciudad, en donde los únicos que marcan el sentido de las calles son los autos, porque las motos y bicis transitan en todas las direcciones sin la menor precaución. 
 
Foto: Gabriela Becerra

Para mí es una imagen atractiva y llena de color, pero los camboyanos la viven como algo normal, cotidiano y hasta aburrido.

Tras un viaje de media hora en tuk-tuk llegamos al hotel. La calle en la que se encuentra no me da la mejor impresión, es polvorienta y en sus orillas se acumula la basura, pero una vez dentro la imagen cambia porque en su jardín frontal tiene plantados árboles, palmeras y plantas.

Lo primero que llama mi atención es una cajonera llena de zapatos que se encuentra en la entrada del hotel. En algunos países de  Asia la gente se descalza antes de entrar a sus casas. Así que hago lo mismo. Aunque el piso está fresco, me incomoda andar descalza, quizá porque de niña me nalguearon por pisar el suelo frío. 

Juan Carlos me dijo alguna vez que en China podemos hacer todo aquello que nuestros padres nos prohibieron de niños: sorber la sopa, levantar el plato para tomarnos el caldito que sobra, hablar con la boca llena, tirar las servilletas en el piso, entre otras cosas. Camboya bien podría ser el paraíso para aquellos que de niños les prohibieron andar descalzos.

En la recepción nos reciben amablemente, la sonrisa de Ben se repite por aquí y por allá. Por 25 dólares la noche, recibimos una habitación para dos personas: baño completo con agua caliente y aire acondicionado, necesario para sobrevivir a los 40 grados centígrados que se registran por la tarde.

Después de un baño reparador nos alistamos para salir a cenar. El hotel incluye un traslado al centro en tuk-tuk por cada día que te hospedes, así que nos lanzamos a probar la gastronomía local. 

Cenamos a la luz de las velas en un restaurante que se asemeja a una típica casa camboyana: techo de palma, paredes de bambú, y mesas y sillas de madera. 

Me encanta probar la gastronomía local, es una de las mejores formas de conocer una cultura, así que, tras una corta espera, llegan a  la mesa un plato de tallarines secos, unas botellas de la cerveza local Angkor, y el protagonista de la noche: Amok.

Foto: Juan Carlos Zamora

Foto: Juan Carlos Zamora

El Amok es el platillo más representativo de Camboya y se prepara con pescado, leche de coco y una pasta de hierbas llamada kroeung, todo envuelto en una hoja de plátano para cocerlo al vapor. Para adaptarlo a su gusto, el turista puede elegir otros tipos de carne como el pollo y el puerco.
 
Foto: Gabriela Becerra

Para bajar la comida decidimos dar un paseo por algunas de las calles del centro de Siem Reap. La calle de bares, restaurantes y mercados nocturnos se parece mucho a la parte turística de Bangkok, en Tailandia. Aquí también hay masajistas que, por un dólar, le dan un regalo a tus pies de diez minutos, aunque puedes ampliar el tiempo pagando más.

También se ven por acá las grandes peceras donde la gente mete sus pies para deshacerse de las células muertas, nada como los peces para una buena exfoliación. 

Foto: Gabriela Becerra

Foto: Gabriela Becerra

La cena se me ha bajado con la buena caminata que dimos, ahora sí estoy lista para irme a dormir. Ha sido un día largo y agotador. 

Y a todo esto se preguntarán, ¿qué pasó con Angkor?  Esa historia se escribirá mañana. Los invité a viajar conmigo, así que ustedes comprenderán que no se llega a un lugar por arte de magia, hay que preparar el equipaje, abordar el avión, hacer escalas, alojarse en el hotel, dar un primer vistazo a la ciudad y escribir esos pequeños detalles que, por muy absurdos que parezcan, vale la pena recordar.




domingo, 3 de marzo de 2013

Los tesoros olvidados de China


Día 10.-Ciudad de Quanzhou

29 de diciembre, 2009



Hasta entonces, los sitios históricos que habíamos visitado en nuestro viaje a las provincias de Guangdong y Fujian estaban en la ciudad, donde resistieron el embate del tiempo, la destrucción y reconstrucción de las urbes y se mezclaron con los modernos edificios.

En cambio, la residencia antigua de  la familia Cai se encontraba a varios kilómetros de la ciudad de Quanzhou, como queriendo huir de la mancha urbana y del acoso turístico.

Para llegar a ella cruzamos pequeños poblados, algunos de apariencia desoladora. Atrás dejamos los grandes corporativos y centros comerciales, los edificios con ventanas de cristal, y las largas avenidas.

Al descender del autobús, sentí el viento gélido de las primeras horas del día, que levantaba el polvo de las calles sin pavimentar. En la puerta de la residencia ya nos esperaba el señor Liu con una sonrisa, estaba ansioso por mostrarnos el tesoro familiar en el que han vivido varias  generaciones.

Las 22 casas que conforman el conjunto habitacional están distribuidas en amplias calles paralelas y estrechos callejones perpendiculares. Sus techos, a dos aguas y con puntas que miran al cielo, estaban cubiertos con tejas grises.

Una de las cosas que más llamaron mi atención fue que las paredes se construyeron con una mezcla de diversos materiales desechables como ladrillos, conchas de almeja, ostión y caracol.

Tanto en las fachadas como en el interior de las casas se pueden admirar miles de detalles. Paisajes naturales, episodios históricos, grecas, flores, animales y caracteres chinos están representados con pintura, madera tallada y relieves de piedra incrustados en las paredes.

Desafortunadamente, el paso del tiempo ha borrado algunas pinturas, así como poemas o leyendas escritas en chino mandarín. No obstante, los años le imprimen un toque de antigüedad que las hace más atractivas al tacto y a la vista, por su rica variedad de texturas y colores desteñidos.

El señor Liu nos comentó que el gobierno local de Quanzhou destina una partida del presupuesto para proteger esta reliquia arquitectónica, aunque reconoció que no es suficiente debido a los múltiples detalles decorativos que tiene la residencia.

Este legado patrimonial fue edificado en una superficie de 16 mil 500 metros cuadrados por el señor Cai Qichang y su hijo Zishen, entre 1867 y 1911, cuando gobernó la dinastía Qing.

Zishen llegó a ser diputado en Filipinas y tuvo también negocios en Singapur. Gracias a estas dos posiciones, pudo construir la residencia en donde ahora convive la séptima generación con más de 100 descendientes.

Durante el recorrido nos encontramos al señor Cai Shangyi tomando té con su esposa e hija en un diminuto comedor de madera tallada. Shangyi pertenece a la sexta generación y ha vivido en la residencia desde que nació, por eso no le resulta extraordinaria su belleza, aunque reconoce la importancia del recinto histórico por la gran cantidad de turistas que reciben cada año.

Tras la visita a la familia Cai fuimos al Puente de Anping que, para ser un sitio histórico con más de 800 años de antigüedad, está completamente abandonado.

A pesar de que en el camino había letreros que anunciaban el puente como un monumento histórico, al llegar al lugar nada indicaba que por ahí hubiera uno. En los alrededores alcanzamos a ver un paradero de camiones de basura y, entre ellos, una pequeña puerta: era la entrada hacia el gran puente.


Sentí pena al encontrar la puerta para entrar al
Puente Anping en un barrio tan desolado.
Foto: Gabriela Becerra

Construido completamente de piedra, el puente cruza una extensión de mar de dos kilómetros. Por cuestiones de tiempo no lo recorrimos todo, pero en su camino se pueden encontrar algunos pabellones y un pequeño templo.


El Puente Anping tiene más de 800 años de historia.
Foto: Ana Wei

Con esta visita concluí mi viaje de diez días a Guangdong y Fujian. Dos provincias que me sorprendieron por su acelerado crecimiento económico en los últimos años, así como por las relaciones comerciales que han mantenido con la isla de Taiwán.

Pero no sólo eso, ambas provincias también gozan de un legado cultural incalculable y de una gastronomía que puede satisfacer los paladares más exigentes, no por nada la de Guangdong es reconocida a nivel internacional.

A tres meses de haber llegado a China, este viaje me permitió acercarme a su cultura, historia y gastronomía.

Me llevo de regreso a Beijing la alegría de los habitantes de la zona costera del sur de China, el exquisito sabor de los platillos a base de mariscos, y la ingeniosa arquitectura de las construcciones llamadas “tulou”.

miércoles, 20 de febrero de 2013

El maestro Lao Tsé y los camarones que se resisten a morir

Día 9.- Ciudad de Quanzhou

28 de diciembre, 2009

Como si quisiera alejarse del bullicio de la ciudad, Lao tsé está sentado plácidamente al pie de la montaña Qing Quan. Ni el intenso frío de la ciudad de Quanzhou, ni el ruido que hicimos con nuestra visita perturbaron su mirada pensativa que apunta hacia el cielo, como esperando encontrar una respuesta.

Foto: Gabriela Becerra


¿Quién fue Lao tsé? Estoy segura que el nombre les suena familiar, pues en la escuela nos hablaron de él como uno de los grandes pensadores de la cultura china. El anciano maestro, como también le llamaban, es considerado el padre del taoísmo, y a él se le atribuye la obra Tao Te Ching.

El taoísmo surgió durante el siglo VI antes de Cristo y fue una de las filosofías más importantes de la antigua China, que tenía como principal objetivo alcanzar la inmortalidad, en el sentido de la autosuperación del propio ser. Hoy en día, esa finalidad es entendida como el deseo de tener una vida longeva y plena.

En este sentido, en la ciudad de Quanzhou se dice que si tocas la nariz de la estatua de Lao Tsé vivirás 120 años, pero si alcanzas los ojos llegarás a los 160 años. Como no me interesa vivir tantos años, ni siquiera intenté la escalada.

Foto: Ana Wei

Por cierto, uno de los detalles que más llamaron mi atención de la figura de piedra de Lao tsé fue que sus orejas parecen signos de interrogación. Más tarde me explicaron que es porque el viejo maestro siempre tenía la disposición de escuchar todas las preguntas de sus discípulos.

Después de tomarnos algunas fotos con la figura de uno de los personajes más emblemáticos de la civilización china, abandonamos el lugar para ir a almorzar.

Zhu Qing, director general de la Oficina de Información de la provincia de Fujian, nos esperaba con un banquete.

En China los grandes restaurantes disponen de varias habitaciones para brindarles a sus comensales un espacio más privado, así que los anfitriones nos dieron la bienvenida en una bastante amplía.

Foto: Gabriela Becerra

Sobre la mesa había tallarines, verduras, camarones, ostiones y rollitos de carne de res, todos crudos. Llamó mi atención que cada uno disponía de una pequeña estufa con un recipiente, era la primera vez que veía algo parecido.

Mientras Zhu Qing agradecía la visita de Radio Internacional de China a la ciudad de Quanzhou, observé que mis camarones estaban brincando, retorciéndose, seguían vivos a pesar de que estaban atravesados por un palo.

Foto: Gabriela Becerra

Y como reza el dicho: “A donde fueres haz lo que vieres”, observé como los funcionarios encendieron su pequeña estufa y vaciaron sus brochetas de camarón cuando el agua comenzó a hervir, los imité.

Sin embargo, mi compañera de Indonesia se paró de la silla de un salto al ver que los crustáceos estaban  moviéndose, y le faltó el coraje para sumergirlos en agua caliente y comérselos.

Debo aceptar que para mí tampoco fue fácil ver cómo los pobres moluscos luchaban por su vida mientras estaban ensartados, y luego verlos morir al calor del fuego.

En China se acostumbra comer mariscos lo más fresco posible, para que no pierdan sus propiedades o hagan daño. En muchos mercados hay grandes peceras donde se exhiben vivos pescados, jaibas, langostas, caracoles y demás fauna marina, para que el cliente elija el que más le guste. Frente a sus ojos los matan y preparan para llevarlos a casa. Algunos restaurantes hacen lo mismo, el comensal sólo elige cuál quiere que le cocinen.

En los nueve días que llevo de viaje disfruté una de las comidas más agradables y amenas, debido a que los anfitriones nos recibieron de una manera cálida y cordial. He observado que la gente del sur de China es muy alegre. Así que en esta ocasión tampoco podían faltar los brindis y una canción para amenizar, esta vez la interpretó Zhu Qing.

En el almuerzo también ofrecieron caracoles en su concha, con salsa de mariscos; una rebana de camote con un filete de pescado encima; almejas en su concha, y bolitas de carne y arroz.

Realmente me sentí como en casa gracias a la hospitalidad de la gente de Fujian. Antes de abandonar el lugar, hicimos una última ronda de brindis para despedirnos, porque aún teníamos otros lugares por descubrir.

Con funcionarios de la provincia de Fujian y la delegación de Radio Internacional de China.


Pagodas, las huellas del budismo

Entre cientos de edificios de la ciudad de Quanzhou sobresalen dos estructuras que rompen con la arquitectura moderna: las pagodas del monasterio de Kaiyuan.


Foto: Ana Wei

Aunque parece que están extraviadas entre tantas construcciones vanguardistas, las pagodas funcionan como faros para orientar a los barcos, y también como cementerio donde reposan los restos de los monjes budistas más destacados.

Las pagodas fueron construidas con bloques de granito y, aunque parecen gemelas, no lo son. La del este, llamada Zhen Guota, fue edificada entre 1238 y 1250 y tiene una altura de 48 metros. Mientras que la del oeste, de nombre Shouta, se levantó entre 1228 y 1237, con 45 metros de altura.

Durante el siglo IX, las pagodas eran de madera, material esencial en la arquitectura tradicional china y también presente en algunas mezquitas y templos budistas. Posteriormente, se sustituyó la madera por el ladrillo, pero al ser destruidas fueron reconstruidas con piedra. Sólo así pudieron resistir huracanes y terremotos.

Estas joyas arquitectónicas están decoradas con relieves de 60 figuras budistas, mientras que en su base se representan escenas religiosas, flores y animales.


Foto: Gabriela Becerra

El templo budista es muy grande, y aunque nos faltó tiempo para conocerlo era momento de irnos, nos aguardaba un espectáculo teatral.

La función se realizó exclusivamente para Radio Internacional de China, así que elegimos los mejores asientos del auditorio. Los primeros en salir a escena fueron los títeres típicos de la región, que provocaron risas y aplausos. Le siguió un grupo musical que ejecutó instrumentos tradicionales como el erhu, la flauta, el ruan y el sanxian, creando una cálida atmósfera de sonidos suaves y pausados.

Foto: Gabriela Becerra
Foto: Gabriela Becerra

Uno de los mejores números fue el de las marionetas. Fu Duan Tong nos compartió que desde hace 30 años se dedica a hacer estos muñecos, los viste, calza, peina y da vida a cada parte de su cuerpo, a través de la coordinación de 51 cuerdas.

Fu Duan Tong dando vida a sus creaciones. Foto: Gabriela Becerra

Foto: Gabriela Becerra

Cada día que pasaba, China me mostraba parte de su riqueza arquitectónica, cultural, histórica y gastronómica. Y con la dulce sensación de que aún me quedaban decenas de lugares por conocer y sabores que disfrutar concluí otro día de viaje.

domingo, 28 de octubre de 2012

Lo que el mar le trajo a la ciudad de Quanzhou


 Día 8.- Ciudad de Quanzhou

 27 de diciembre, 2009

Para los pueblos costeros, el mar es una puerta que siempre permanece abierta y llena de sorpresas. Por ahí han visto entrar ideologías, religiones, mercancías, enemigos y grandes personajes históricos que, para bien o mal, les transforman su entorno.

La gente de Quanzhou lo sabe bien porque su presente está fuertemente relacionado con su tradición marítima.

Esta ciudad se encuentra en la provincia de Fujian, al sur de China, a donde llegué luego dos horas de viaje en carretera, desde Xiamen.



El puerto de Quanzhou tiene larga historia, y ha sido de suma importancia para impulsar el desarrollo regional y el intercambio con el exterior.

Estando ahí me pregunté cómo habría sido el ambiente comercial del siglo XIII, cuando fue uno de los mejores puertos del mundo. Me pregunté cómo habrían sido las monedas, los navíos, la negociación en diferentes idiomas, los vestidos, la comida y el hospedaje para los extranjeros, así como el precio de las mercancías que se vendían por entonces: seda, jade, pieles, alfombras, alfarería, cornamentas de ciervos, caballos y piedras preciosas.

Traté de imaginar las aventuras de los comerciantes en medio de la mar, cómo se las arreglaban cuando hacía mal tiempo, cuando estaban extraviados o cuando tenían que defender la mercancía de los piratas.

Desde los tiempos de la dinastía Han, que gobernó del año 206 aC al 220 dC, las costas sureñas de China ya eran centros de construcción naval y producción de seda, lo que generó las condiciones sociales y materiales para el desarrollo del comercio marítimo.

Posteriormente, con la Ruta de la Seda, una red de vías comerciales que unía a China con Asia Central y Europa, no sólo se realizaron intercambios de mercancías, sino que hubo una gran retroalimentación cultural y se propagaron grandes religiones.

Desde que se abrió la ruta marítima de la seda, los mercaderes persas y árabes tuvieron gran presencia en Quanzhou. Incluso, hoy en día, el islamismo es una religión con fuerte influencia en la ciudad.

Muestra de ello es la mezquita de Qingjing y las tumbas musulmanas de Quanzhou. La mezquita es una de las cuatro principales de la zona costera de China suroriental y se construyó en 1009.
  
Foto: Gabriela Becerra
 
Su diseño arquitectónico y estilo está inspirado en la Gran Mezquita de Damasco, en Siria, lo que las hace el par de mezquitas más antiguas que sobrevivenenen, en su forma original, en el siglo XXI.

Foto: Gabriela Becerra

Foto: Ana Wei

domingo, 14 de octubre de 2012

Tuluos, el tesoro arquitéctonico que esconden las montañas de Fujian


Día 7.-Provincia de Fujian

26 de diciembre, 2009

No apuntan al cielo como los rascacielos, ni tienen la tecnología de los grandes corporativos, tampoco se les encuentra en las modernas metrópolis, aún así, los tulous de la provincia de Fujian sorprenden hasta el más citadino.

Tras haber viajado dos horas en autobús, desde el municipio de Xiamen, observé que el camino comenzaba a transformarse. El paisaje urbano se iba quedando atrás y en su lugar aparecían verdes valles adornados con árboles de bambú,  plátano y naranja. Hacía frío. La temperatura había descendido drásticamente desde la mañana.

Acurrucada en mi asiento, vislumbré algunas viviendas rústicas, eran la primera pista de lo nos esperaba cuesta arriba. Su estilo me recordó el de las casas que hay en algunos estados de la República Mexicana: paredes de adobe, puertas y ventanas de madera, techo a dos aguas con tejas desteñidas por el paso del tiempo. 

Foto: Gabriela Becerra

De repente, varios tulou aparecieron ante mis ojos de un solo golpe. El autobús paró en un mirador que se encuentra a más de mil metros de altura sobre el nivel del mar, donde por fin pude contemplar con detenimiento la belleza de estas construcciones.

Tenía ante mis ojos el conjunto habitacional Tian luo keng, el cual está conformado de cuatro grandes estructuras circulares y de una cuadrada al centro. A este lugar se le ha denominado "cuatro platos y una sopa". 

Los redondos asemejan los platos y el cuadrado el recipiente de la sopa. Foto: Gabriela Becerra 

 
La más vieja de las edificaciones data de 1354 y actualmente viven en ella 380 personas, que pertenecen a la familia de apellido Huang.

Los tulou son las viviendas típicas de la zona montañosa del distrito de Niajing, y tienen su origen en la cultura de los hakka, aunque no fueron los únicos que las construyeron.

La mayoría de ellas tienen entre tres y cuatro pisos. Por cuestiones de seguridad, las ventanas de madera se colocaban a partir del tercero.

Foto: Gabriela Becerra
 
A los tulou les encontré parecido con los estadios de fútbol. Sus techos están semicerrados para ventilarlos y permitirles la entrada de la luz, y pueden ser cuadrados o redondos.

Sus paredes tienen de uno a dos metros de ancho, con la finalidad de soportar gran peso, y fueron construidas con una mezcla de arcilla, arena, cal, agua con claras de huevo, azúcar morena y un líquido espeso obtenido de una variedad de arroz, que en China se conoce como “arroz pegajoso”, el cual es utilizado como agente adhesivo.

Este es sólo uno de los siete procesos que existen para construir un tulou, y se dice que para edificar un solo piso se requiere de un año.

También las ramas del abeto, un árbol extremadamente robusto y difícil de pudrir, se emplearon en la construcción de estas viviendas para sustituir los armazones de acero, lo que ha permitido que las paredes se mantengan intactas después de muchos siglos.

Desde el mirador sólo podía admirar la estructura de los tulou, pero me mataba la curiosidad de conocerlos por dentro, saber cómo se vivía en ellos. No tuve que esperar mucho. A quince minutos estaba el tulou Yuchanglou, también conocido como “Torre inclinada”. 

Foto: Ana Wei           

Foto: Gabriela Becerra

Entré por la única puerta que tienen estos grandes edificios. En su interior todo estaba hecho de madera, tanto las habitaciones como los pasillos. Los cuartos ubicados en el primer piso se utilizan como cocinas, los del segundo como graneros, y los que están en los últimos tres pisos como dormitorios y salas de estar.

Foto: Gabriela Becerra

 
Foto: Gabriela Becerra

Foto: Gabriela Becerra

En el tulou Yuchanglou habitan 120 personas pertenecientes a 22 familias de cinco apellidos diferentes. Se construyó en 1308, por lo que es el más antiguo de los tulou en buenas condiciones. Los que están en ruinas tienen mil 200 años de antigüedad.

Pero, ¿de dónde nació la idea de construirlos de esta forma? Los hakkas, un subgrupo étnico de la dinastía Han, optaron por vivir en comunidades compactas ante la hostilidad de los nativos, y de los constantes saqueos de los bandidos.

En julio de 2008, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) declaró oficialmente a los tulou Patrimonio Cultural Mundial, debido a que representan un ejemplo de la arquitectura tradicional, que combina los hábitos de la vida comunal con las necesidades de la defensa, a la vez que guardan equilibrio con la naturaleza.

En el distrito de Nanjing existen 15 mil tulou, en todas sus formas y tamaños. 

Foto: Gabriela Becerra
 
En los años 60 se dejaron de construir porque el objetivo con el cual fueron creados, defenderse del enemigo, ya no tenía sentido en esa época.

Los tulou han llamado también la atención como escenario cinematográfico. Por eso visitamos la aldea Yun shui yao, donde se rodó la película del mismo nombre, dirigida por el cineasta Li Yin.

Foto: Gabriela Becerra
 
Pareciera que estos pueblos mágicos fueron construidos con la intención de funcionar como sets cinematográficos, pues todo está naturalmente dispuesto: viviendas típicas de bella arquitectura, ríos, montañas, y gente que va y viene haciendo sus quehaceres cotidianos. Este paisaje, por sí mismo, es ya una película.

lunes, 8 de octubre de 2012

Gulangyu, una isla de China con toque occidental


Día 6.- Isla Gulangyu

25 de diciembre, 2009

Era el amanecer de Navidad, el día estaba nublado. En el puerto del municipio de Xiamen, ubicado en la provincia costera de Fujian, al sur de China, abordamos el barco que nos llevaría a la isla Gulangyu, a menos de un kilómetro de distancia.
 
Al bajar de la embarcación, me hormigueaban los pies de la ansiedad por recorrer las estrechas calles de esta isla que parece haber sido sacada de un cuento y en donde solamente viven 16 mil 200 personas, dedicados principalmente al turismo.

Foto: Gabriela Becerra

No había caminado más de un kilómetro cuando me topé con un parque de esculturas que representan parte de la vida social de la isla, como la señora que carga al niño, la familia que toma el té, el pescador en su lancha y el barbero platicando con su cliente mientras le corta el pelo.
 

Foto: Gabriela Becerra

Foto: Gabriela Becerra

Foto: Gabriela Becerra
 
Sobre el mismo camino llegué a la orilla del mar, justo donde está la piedra que le dio nombre a la isla. Cuando sube la marea las olas golpean la gran roca, produciendo un sonido parecido al del tambor. Gu (鼓) en mandarín significa tambor, y lang (浪) olas. Gulangyu se traduce entonces como el tambor que es tocado por las olas.

A medida que me adentraba en la calles parecía estar alejándome de China, pues las construcciones que salían a mi paso eran de estilo europeo. Más tarde me enteré que, tras el tratado de paz entre el Imperio Británico y la Dinastía Qing,que puso fin a la Primera Guerra del Opio en 1842, 13 países occidentales construyeron aquí consulados, iglesias y hospitales.

La mezcla de arquitecturas es lo que le da encanto a la isla. En este pequeño pueblo conviven cerca de dos mil casas de estilo francés, japonés, español, entre otros, las cuales no sólo representan una cultura, sino diferentes épocas históricas.

Foto tomada de www.whatsonxiamen.com

Pude admirar también construcciones de estilo neoclásico, barroco, romántico, gótico y victoriano que, con el paso del tiempo, se han ido deteriorando, dando como resultado una mezcla interesante de texturas y colores desteñidos.

Como las calles son tan angostas no hay autos. La isla sólo cuenta con un vehículo para recolectar la basura y otro para trasladar a los bomberos, además de siete bicicletas para repartir el correo.

Ante la ausencia de autos, una de las cosas que más llamaron mi atención fue que los productos pesados eran movilizados en un cajón de madera sostenido en dos ruedas.

Foto: Gabriela Becerra
 
En la isla Gulangyu abundan las palmeras, los bambúes y los árboles frondosos, destacando el Ficus Microcarpas, que se caracteriza por sus gruesas raíces y una especie de heno que cae de sus ramas. 
 
La cima de la montaña está coronada por la llamada Piedra del Sol, y es el punto de mayor altitud de la isla, con una altura de 92 metros sobre el nivel del mar. Desde aquí se ven las casas con sus techos de teja roja, la playa y el teleférico.


Foto tomada de www.randomwire.com/gulangyu-island

En Gulangyu no sólo hay construcciones históricas de varios estilos arquitectónicos, sino también muchos pianos.

De hecho, junto con Xiamen, llegó a ser la zona geografía con el porcentaje de pianos per cápita más alto de China, debido a que los extranjeros que ahí se instalaron en el siglo pasado se contagiaron del furor de poseer uno, al grado que Gulangyu llegó a ser conocida como “La isla de la música”. Por eso, hay un museo dedicado al instrumento, la mayoría de ellos importados de Londres.